viernes, 10 de abril de 2015

LAS CATACUMBAS EN ROMA



Bajo las ruidosas calles bañadas por el sol de la Roma actual existe otra ciudad entera, tras sus puertas se oculta un misterioso laberinto frío, silencioso y eternamente oscuro, éstas son las catacumbas.

Dentro de las catacumbas había pinturas y objetos que adornaban paredes llenas de restos humanos; los restos de las personas que creían que estos estrechos pasadizos conducían a la vida tras la muerte.

Durante tres siglos los primeros cristianos fueron perseguidos por un Imperio Romano opresor, ya que su culto era ilegal. Durante esta época los primeros cristianos de Roma enterraban a sus seres queridos en pasadizos subterráneos por la creencia en Jesucristo, que fue sepultado en una cueva, y ellos también podían resucitar y volver a vivir.


Las ciudades de los muertos
Una persona muerta no podía ser incinerada o sepultada dentro de las murallas de la ciudad, esto era lo que establecía la legislación romana entre los siglos II-IV d.C. Esta norma estricta, de cómo disponer de los cadáveres, se aplicaba a todos los residentes de Roma. La mayoría de los romanos eran paganos y optaban por la incineración, sus cenizas eran conservadas en pequeñas tumbas en necrópolis al aire libre, pero los primeros cristianos y judíos romanos insistían en enterrar a sus muertos. Estas tumbas subterráneas se denominaban catacumbas, que significa “cavidad” en griego. El nombre deriva de las cavidades que bordeaban la vía Apia.

Las catacumbas de Roma evolucionaron a partir de estas primeras catacumbas, la mayoría estaban cerradas al público, para proteger sus pinturas murales, ya que la misma respiración humana podían dañarlas irremediablemente. Aunque es probable que este arte funerario fuera creado para entretener a los muertos, hoy nos brinda la posibilidad de echar un vistazo al pasado, una mirada a la vida diaria y a las creencias de la Roma de los siglos II-III d.C.

La construcción de las catacumbas se inició en el siglo II. Los primeros cristianos excavaron un inmenso sistema de galerías y pasadizos conectores, uno debajo de otro, unidos por estrechos y escarpados peldaños extendiéndose hasta cuatro pisos de profundidad. Estos pasadizos medían unos 2 m de altura por apenas 1 m de ancho, en las paredes se abrían unos nichos rectangulares, llamado lóbulos, del latín loculi, en los que sólo cabía un cadáver; en ellos se enterraban a los obreros, a las mujeres, a los niños y a los ancianos. Los ricos solían descansar en elaborados sarcófagos de mármol, las sepulturas lujosas; los santos y los mártires, que habían muerto por la fe, eran sepultados en unos arcosolios, que se trataba de un lugar de honor, que consistía en un nicho abierto, bajo una forma semicircular tallada en la pared y decorada con pinturas simbólicas. Muchas catacumbas recibieron el nombre de los santos enterrados en su interior.



Las catacumbas eran obras excavadas por fossores, que significa constructores de cuevas, formaban una especie de gremio de un oficio muy especializado y difícil. Los fossores querían proteger las tumbas de sacrilegios y saqueos, por lo que diseñaron laberintos y angostos pasadizos. Los pasadizos eran tan oscuros y agoreros que el latinista San Jerónimo escribió que “una visita dominical a un mártir más bien parecía un descenso al infierno”.

En las catacumbas la luz no entraba por ninguna ventana, sino que se filtraba desde arriba por unos pozos que acababan con la oscuridad, pero mientras uno avanzaba con precaución las tinieblas lo iban envolviendo para sumirlo en el silencio de la noche. La única luz y ventilación natural de las catacumbas provenía de las aperturas en los techos llamados lucernarios, a través de estos también se bajaba el agua para mezclar con el polvo de toba y preparar así la argamasa necesaria para sellar los nichos.

Vida y muerte bajo tierra
Es probable que la primera catacumba construida durante el siglo I d.C. fuera para familias nobles, que se excavaban una tumba bajo sus propias tierras; posteriormente, se ampliaron para poder enterrar a sus hermanos cristianos, así como a los romanos judíos, y otras personas que repugnaban la práctica de la incineración.

Sin embargo, fue en los siglos II-III cuando las catacumbas adquirieron importancia. Muchos de los mártires habían muerto a manos de turbas romanas. Aunque muchos de los primeros cristianos no encontraron la muerte a manos de una turba, sino en lugares como el coliseo y el circus maximus, algunos cristianos prefirieron morir en las garras de un león antes que renunciar a su fe y otras veces eran obligados a luchar contra gladiadores.

Entre los santos enterrados en las catacumbas se encuentra San Pablo. Por esta razón, las catacumbas se convirtieron en un lugar de visita a los santos y a los mártires para los primeros cristianos, donde les rezaban y rendían culto. Las pinturas nos proporcionan esta práctica, consistentes en una pequeña comida comunitaria, que constaba de pan y vino.

Curiosamente, los primeros cristianos eran reacios a representar directamente a Jesucristo en las paredes de las catacumbas, pero casi todas las catacumbas de Roma contenían imágenes, como la del buen pastor, que era una forma de representar a Jesús implícitamente. Además de aparecen animales de todo tipo como el pavo real, que era considerado un símbolo del nacimiento y vida eterna. También estaban decoradas con imágenes de jardines, el jardín era uno de los principales temas del arte funerario pagano de la antigüedad, adoptado por los cristianos, se creía que el más allá era un hermoso jardín donde encontrarían todos los placeres de la vida. Los primeros cristianos tomaron voluntariamente símbolos y elementos mitológicos griegos y romanos para inspirarse en las catacumbas, en muchas paredes aparece Hércules; también resulta muy interesante el gusto que hacían de las imágenes de delfines, que según la mitología griega y romana conducían las almas al más allá.



La ceremonia funeraria era el inicio de este viaje al más allá. Después de cruzar la entrada a las catacumbas, los cuerpos de los difuntos eran transportados a veces a grandes distancias por los pasadizos subterráneos, que conducían hasta los lóculos o los arcosolios preparados para recibir el cadáver. Los cadáveres no se embalsamaban en las catacumbas, se envolvían con un sudario y se situaban en estos nichos y después se cerraban las tumbas con placas de piedra o de arcilla, que se sellaba con argamasa y encima se colocaba una inscripción para identificar al difunto y desear su descanso eterno.

La creciente necrópolis

En el año 400 d.C. ya se habían construido las catacumbas más grandes y complejas, pero se estaban excavando más, y pronto habría casi 100 km. de cementerio subterráneo debajo de la ciudad, era una auténtica ciudad de los muertos. A finales del siglo V había 750.000 personas enterradas en los túneles de las catacumbas que bordeaban la antigua Roma.


La catacumba más grande era la que los antiguos cristianos denominaron Domitila, por ser de la sobrina del emperador Domiciano, con más de 12 km de galerías y pasadizos.

La existencia de tantos kilómetros de catacumbas debajo de Roma dio lugar al mito de que los antiguos cristianos se escondían en ella durante los períodos de peligro o persecución. Sin embargo, las autoridades romanas conocían la existencia de las catacumbas y su situación. Por lo tanto, si los antiguos cristianos necesitaban un refugio, las catacumbas no podían considerarse un escondite secreto. Aunque el verdadero motivo por el que la gente no podía esconderse en ellas era el olor que desprendían los millares de cadáveres en descomposición, el hedor debía de ser irresistible, el olor a carne humana en putrefacción era repugnante, nauseabundo y además tóxico. No obstante, aunque no se escondían en las catacumbas parece que los artesanos y los pintores las habían poblado para decorar estas elaboradas cámaras mortuorias.

El fin de las catacumbas
En el año 313 d.C. Constantino el grande decreto que el cristianismo se convirtiera en una religión legal del Imperio Romano, al mismo tiempo la práctica de los entierros subterráneos fue disminuyendo.

A finales del siglo V las catacumbas dejaron de usarse, se había vuelto habitual que los cristianos y los judíos usarán los cementerios al aire libre. El misterioso legado dejado en las catacumbas, gracias a un enorme trabajo, en gran parte se abandonó. Las razones por la que abandonaron las catacumbas son casi tan misteriosas como las que llevaron a que se construyeran. Hay quien afirma que una vez se legalizó el cristianismo ya no había motivo para efectuar entierros subterráneos. Otro hecho curioso es que en el siglo IX las catacumbas no sólo habían sido abandonadas, sino que los fieles las habían olvidado por completo.

En la Baja Edad Media los muertos habían comenzado a desaparecer, la causa no era la resurrección divina, sino el saqueo. En esta época, las personas de la antigua ciudad de Roma iban a las catacumbas, como visitantes o peregrinos para tocar la tumba de un mártir. Los peregrinos solían firmar con sus nombres las paredes cercanas a las tumbas de los mártires para decir que habían estado allí y a veces ponían graffiti.

El primer descubrimiento tuvo lugar el mes de junio de 1578, cuando unos obreros excavaban una mina de cemento, cerca de Roma, y encontraron por casualidad una catacumba.

De los casi 100 kilómetros de catacumbas, que se cree que existen bajo la actual ciudad de Roma, sólo se han explorado 65 km. Quizás no sepamos nunca mucho más sobre estas personas tan distantes en el tiempo, pero conservar el mensaje que dejaron en las catacumbas puede ayudarnos a comprendernos mejor a nosotros mismos.

Fuente

Reseña realizada a partir del documental “¿Quién construyó las catacumbas?”
Noemí Raposo Gutiérrez

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